єη¢υєηтяσ ιηєsρєяα∂σ

Esto ocurrió semanas atrás, cuando volvía de un viaje de negocios a una ciudad vecina, escogí el Blablacar como método de transporte. Un conductor muy amable nos condujo a mí y a un italiano de vuelta a mi ciudad natal. Mi consciencia me hizo acompañar al muchacho hasta su destino, ubicado en la estación de autobuses. La historia de este muchacho era la siguiente: El año anterior había vivido un erasmus en mi ciudad y allí se había ennoviado de una linda andaluza. Pero desde donde nos dejó el amable conductor hasta el lugar determinado para ver a su amada distaba muchos kilómetros, con lo cual decidí montar en el bus con él e indicarle la parada apropiada, la mía era antes. Pero en el trascurso del viaje pensé en lo poco que me esperaba esa tarde y decidí conducirlo hasta el mismo lugar, para que no hubiese pérdida alguna. Estuvimos hablando animadamente en el autobús y atrajimos la mirada de curiosos y extraños a los que yo no les di mayor importancia que la de un simple vistazo. Tras dejarlo en la estación de autobuses subí hacia casa, tras la ducha observé que en una aplicación de mi móvil aparecía un mensaje, al parecer, de un pasajero del autobús que habíamos compartido. No recuerdo exactamente cuál fue su mensaje pero venía siendo a que se sintió atraído hacia mí y decidió probar suerte para ver si me encontraba vía internet. Así lo hizo, yo lo recordaba vagamente, no habría reparado en él más de un segundo, el italiano me tenía muy entretenido con su charla. Le propuse tapear por la zona y volver a vernos (volver para él, refrescar la memoria para mí). Vivíamos muy cerca, con lo cual no pasó mucho rato hasta que nos encontramos y pude reconocerlo (su foto de perfil distaba un tanto de la realidad). Tapeamos, charlamos, nos besamos, y acabé entre sus sábanas. La madrugada me ocultó de los ojos ajenos y llegué a casa de madrugada tras un sabor de helado de mora en los labios. Recostado en cama pensé lo inesperado que había sido aquel encuentro. Alguien que te ve en un autobús, le gustas, te busca por la red, te encuentra, quedáis, tapeáis, etc.
Son cosas de la vida que suceden de esa forma. Bus. MilánBien podría relatarlo cual comedia, cual romance, cual… qué más da,
tal y como se cuente… la realidad siempre supera a la ficción, esa noche me quedó claro.

Si os preguntáis si he vuelto a verlo, la respuesta es no.

Firmado: Anónimo.

De la boca de la amante

De la boca de la amante dulce néctar de su hiel,

camino de vello va indicando cada roce de mi piel,

vaho que perfuma el aire compartido por los dos,

sudor que va arrasando cada gota de color,

maquillaje desmedido desprendido por su manga,

y mis labios ya manchados con el sello de su alma,

enveneno cada poro, cada esquina de placer

con mi amor desmesurado que no puedo comprender.

Los segundos se hacen vidas, vida eterna dentro de,

y la tarde va arrojando roja luz sobre su tez,

nuestro tiempo agotado grita por retroceder,

la ocasión en un futuro, el volverla a tener.

Más celo (Capítulo 2)

Celo (Capítulo 1)

 

íctor alzo la vista y vio salir de la empresa a Miguel cogiendo la llamada de su móvil.

Se miraron. Solo vaho, un metro de distancia y respiraciones agitadas. Comenzó a llover de nuevo.

 

Miguel guardó el móvil en su bolsillo sin despegar la mirada de Víctor. Éste le hizo un ademán con la cabeza para que lo siguiera, si continuaban mucho tiempo allí podrían levantar sospechas, y todos sabemos el daño que pueden hacer los rumores de oficina, aparte que estar empapados como sopa llamando a gritos al catarro no era un plan que les volvía locos.

Corrieron a cierta distancia el uno del otro hasta que Víctor abrió el coche y ambos se introdujeron en su interior. Cerraron la puerta y se deshicieron de sus gabardinas empapadas.

Víctor miró de refilón a su copiloto, el flequillo húmedo caía pegado sobre su frente dejando unos surcos de gotas de lluvia que recorrían el perfil de su rostro, aquel rubio ceniza se había oscurecido por la lluvia y le daba un aspecto más serio, marcando más duramente sus facciones.

Miguel se esforzaba en mantener la mirada en el frente, con el ceño fruncido intentaba controlar la agitada respiración a causa de la carrera.

El conductor metió la llave en el contacto y encendió la calefacción, hacia bastante frío y la sensación térmica tras el chaparrón lo acrecentaba.

No te preocupes, en un periquete entraremos en calor. —susurró Víctor intentando romper el hielo. Justo al terminar su frase se dio cuenta de que podía malinterpretarse completamente, intentó aclarar su intención pero vio que Miguel seguía con la mirada perdida en el horizonte desdibujado por la lluvia, la niebla y la creciente oscuridad.

Sin saber muy bien qué hacer ni qué decir, se desabrochó los puños de la camisa que estaban mojados y colocó las muñecas sobre los ventiladores del coche para que se secara con prontitud.

Nunca había hecho algo así. –susurró Miguel sin moverse un ápice. Su voz denotaba nerviosismo y duda, la voz parecía quebrársele.

Ya… ni yo.

No lo entiendes, ni siquiera de niño, ni de adolescente, ni en la loca época de la universidad donde todo se prueba.

Yo tengo novia, nunca me había fijado en un tío, ni una sola vez. Pero no sé, siempre he sentido que… como que tenía algo más dentro ¿sabes? Algo a lo que no dejaba salir, algo que intuía pero que no quería saber qué era ni dejar salir. No sé si tiene todo esto algún sentido.

¿Tienes novia?

Laura y yo llevamos juntos… ya ni puedo recordar, supongo que desde siempre. Fue mi primera y única novia.

¿Y cómo os va? –se giró para mirar a Víctor a la cara por primera vez desde que había entrado en el coche.

¿Te importa si no hablamos de Laura ahora? Es un poco… bastante incomodo, la verdad.

Lo siento. –se disculpó y volvió a mirar al frente.

Víctor se quedó mirando al muchacho que parecía desconcertado, nervioso y bastante confuso.

Él no estaba mejor, no sabía que pensar de todo aquello ni que decir, así que de pronto, desconectó el cerebro y se dejó llevar.

Se dejó llevar cuando se acercó a Miguel, dejó de pensar racionalmente cuando le cogió la barbilla y se olvidó del mundo cuando lo besó. Enseguida Miguel se le echó encima con pasión y lo abrazó fuertemente mientras frotaban sus labios y lenguas en un baile que nunca habían realizado juntos pero aprendieron a coordinar sus pasos para no pisarse. Miguel se destensó y decidió comerse a Víctor a besos. Las caricias recorrían su cuerpo, se acariciaban los brazos y el pecho sin control. Miguel apretaba el cuello de Víctor atrayéndolo hacia sí.

Ninguno de los dos supo en qué momento ni quién inició el despelote. Pero las camisas fueron arrancadas de cuajo mostrando una camiseta interior empapada, pero no de lluvia, sino del sudor que provocaba la excitación y el nerviosismo.

Sin salir de coche acabaron en la parte de atrás tras una difícil maniobra. Se deseaban mucho, sus bocas les dolían y las erecciones de su pantalón eran insoportables tras el frote continuo entre ellos.

Miguel se deshizo del cinturón de Víctor y atacó a la cremallera.

En ese momento Víctor volvió en sí y colocó la mano para que parase, dejó de besarle para que se percatase del movimiento.

¿Qué ocurre?

A partir de ahora no habrá marcha atrás.

Lo sé… —susurró Miguel confuso y tímido.

Te parecerá una gilipollez, pero me da miedo dar este paso.

La confesión de Víctor arrancó una sonrisa a Miguel.

Yo estoy acojonado perdido.

Los dos se miraron y sonrieron con una sonrisa cómplice que delataba que ambos se sentían exactamente igual.

Miguel se sentó y se pasó las manos por nacimiento del pelo, momento que aprovechó Víctor para saltar encima de él pillándolo desprevenido. Ahora fue éste el que se hizo con el cinturón del muchacho y bajó la cremallera sin tan siquiera desabrochar el botón del pantalón, era la primera vez que sentía un erección que no era la suya, metió la mano por la ropa interior y se hizo con aquello, duro y caliente, liso y… de Miguel, en resumidas cuentas.

Más besos, frotes, lamidas, lenguas y movimientos bruscos hicieron tambalear un par de veces el coche que se iba sumergiendo entre la suave nieve que había empezado a caer. La intimidad está completa con el vaho absoluto en las ventanas. El calor que emanaba de sus cuerpos era suficiente calefacción para ellos, los únicos que estaban realmente calientes en la calle en toda Granada.

 

Abrazados permanecían descansando un rato, disfrutando de la placida sensación de libertad cuando el móvil de Víctor comenzó a sonar.

Supo enseguida de quién era la llamada y antes de descolgar buscó la hora en el coche para cerciorarse de lo tarde que era.

Miguel leyó el nombre en la pantalla y le dejó espacio (figurado y literal) para que atendiera la llamada.

Hola cariño. –alzó la voz. –No, no, estoy fuera, que dentro es imposible hablar…. Es por el frío, estoy helado. Con esta nevada la sierra va a estar genial si quieres que vayamos a esquiar el finde que viene…. Aún no lo he visto… ya, es que hay mucha gente… pues no sé, un rato todavía. Tú ya estás en casa ¿no? … Claro, claro, es que no sabía qué hora era. Tú vete a la cama, yo no tardaré mucho… y yo. Hasta luego… adiós.

 

Poca conversación hubo tras la llamada. Víctor dejó a Miguel en su casa tras las indicaciones del segundo y se marchó con Laura.

Mientras entraba en el piso, la culpabilidad azotaba su cabeza como una jaqueca profunda y puñetera. ¿Cómo haría para no desvelar su noche?

Lo que más sentía era que aquello no había sido un simple desliz, quizás lo del cuarto de baño, pero lo del coche había sido con alevosía y no se trataba de algo esporádico. Algo había cambiado dentro de él, algo que había mantenido oculto treinta años por el miedo que le ocasionaba el intuir su verdadera naturaleza.
Se acercó al umbral de la puerta con los zapatos en la mano y de puntillas y observó como Laura dormía profundamente. Suspiró y se fue hacia la cocina, allí Candy le dio la bienvenida moviendo su rabo desde su canasto. Víctor le acarició la tripa y se acercó al frigo, no tenía apetito, era un acto automático. Su cabeza iba a cien por hora.

 

Miguel andaba ya entre las sabanas de su enorme cama, le encantaban las camas pequeñas pero desde que estuvo con su exnovia se acostumbró a dormir en una con dimensiones muy superiores a las estándar. Y aunque hacía meses que lo habían dejado, él no podía volver a una cama de 90, ya no.

Se giraba y se giraba, golpeando sus ojos con el flequillo, estaba intranquilo y no podía dormir. Durante el cuarto de hora que llevaba en cama había apagado el móvil, vuelto a encender para saber si había recibido algo de Víctor, algún mensaje o llamada, en vista de que no, lo había puesto en silencio, pero ello le hacía sacar la cabeza de debajo de las sábanas hacia la mesita para ver si brillaba con alguna notificación, así que lo último que hizo fue dejarlo en modo vibrador. Y sonaba en plan abeja brrr, brrr, brrr. Sacó la cabeza y descubrió que estaba sonando de verdad. La luz verde estaba encendida, aquello era una llamada. Se levantó de un golpe y alcanzó el móvil. Era Víctor, su corazón se paró.

¿Sí? –contestó con toda la calma que pudo.

Estoy abajo…. ¿Me abres?

Miguel se lanzó hacia su ventanal y descorrió las finas cortinas.

Víctor estaba frente a su portal, solo, en medio del silencio y la madrugada. Justo donde lo había visto despedirse en el coche con un simple “Adiós”.

Víctor, impaciente volvió a hablar.

Bueno, mejor me voy, yo… —no terminó la frase, sonó el portero y se coló cual sombra en el desconocido portal.

Senos, cosenos y casi la tangente

Siempre recordaré aquel verano en el que me enamoré de mi vecina María. La playa era un lugar maravilloso para enamorarse antes de que la tecnología nos invadiera como una plaga, eliminando el misterio, las relaciones sociales y la vida fuera de ellas. Ver la orilla sin necesidad de subir una foto a una red social para que todos vean en dónde estás, lo que estás haciendo y te inflen el ego a base de “me gustas” y comentarios super divinos.

 

Aquel verano mi padre nadaba a crol (o lo intentaba) antes de desayunar, me decía que le abría el apetito y que yo debía intentarlo si quería convertirme en un hombre, al parecer aprobar lo justito en el colegio no era suficiente para ello mientras hacía frente a dos abusones que me la tenían jurada recreo sí y recreo también desde la primaria. Ante sus madrugones, yo prefería sacar a Toby, nuestro caniche a pasear por el pueblo costero donde habíamos alquilado una casa durante todo un mes. El agosto del amor (como yo lo defino) no empezó muy diferente a los anteriores ni a los posteriores, pero sí hubo algo que cambió (y no solo hablo de la peseta al euro): conocí a una chica, la primera chica a la que pude verle los senos, los cosenos y casi la tangente o como yo lo llamo coitus interruptus. Mi sutileza se fue al traste cuando mi corazón comenzó a salírseme del pecho, y no fue lo único que casi se sale de su sitio al verla salir del agua fría del mar (no preguntéis cómo sabía la temperatura del agua sin haberme metido en ella, me lo chivó María sin querer con su bañador). Compartimos un libro, una toalla, una conversación y la promesa de volver a vernos por la tarde. Ese día el viudo de mi padre no comprendía el poco apetito que yo sentía. El resto de mi estómago estaba lleno de “Mari”-posas.

 

Besos, caricias, descubrimientos, casi sexo y unos pantalones manchados (los míos) no fue todo lo que saqué de aquel verano, me llevé para casa un corazón roto, el primero de muchos. No puedo ver “The Mummy 3” sin acordarme de ella y de aquellos momentos en el cine en el que intenté meterle mano pero ella se sentía sumamente atraída por Brendan Fraiser, el actor protagonista. No he vuelto a ver ninguna peli de él (y no lo tengo difícil porque no es un actor que despunte).

 

Mi perro Toby dejó preñadas a cinco perras de la zona, lo supimos cuando volvimos al año siguiente, el gachón no perdió el tiempo. Mi padre hizo lo propio con una viuda de la calle de abajo a la que frecuentaba para ver la tele por la tarde (ya…claro).

Respecto a mí no hay mucho que contar, aparte de la beca que conseguí al año siguiente estudiando como nunca para olvidar a mi Mari, creo que no le gustó el sur para veranear pues no la volví a ver.

 

Por eso odio a las momias, los bañadores (prefiero bikinis) y las matemáticas (Senos, cosenos y casi la tangente).

ƒєlι¢ι∂α∂

Siempre hay mucho que no retorna a mí, para empezar el tiempo.
Ya huelo a primavera.
Sálvame del universo que me está dejando solo.
Abrázame con la corona de flores que hicimos aquella noche cuando nos escapamos de casa para hacer el amor en el incómodo coche de tu hermana mayor.
Esta alergia a primavera fue causa tuya, caigo en desesperación al contemplar como todo cambia, es que todo me abandona y me quedo solo.
Sálvame, por favor, salva aquellos días que compartimos juntos.
Sálvame, Dios mío, enséñame que hay algo bueno por lo que vivir… no tú, ni lo nuestro.
Sino algo dentro de mí.

Demuéstrame que la felicidad está en mi interior.

¢ιασ, sємρlι¢ємєηтє ¢ιασ (Ciao, simplemente ciao)

 

M

e siento como un pintor que trasforma las palabras en colores ya que es incapaz de expresar de otra forma esa emoción.

Como la perdida que pinta el dormitorio de azul.

O el rojo de tus cabellos que aún rozan mi rostro cuando girabas tu cabeza, cenizas a las cenizas que no queda más que el recuerdo, tu color.

Rosa como el banco en el que compartíamos deberes y botellones tras las largas tardes de primavera cuando nos saltábamos las clases.

El piano de tu habitación que me recuerda al verde de los campos que cruzamos marchitos aquel mayo cuando el sol secó todo a nuestro alrededor. Y tu promesa negra que resultó estar tan vacía como el blanco que refleja cualquier luz sin quedarse con ninguna, así que quedé yo, solo como el blanco por culpa del negro de tu mentira, echando de menos el rojo y el rosa.

El azul del dormitorio es blanco, blanco como la nieve, aunque debajo de los cubos de pintura que lancé para ocultar el rojo anterior, sigue vigente, sigue luchando por salir, como tu recuerdo de entre mi nostalgia.

Me siento como un pintor que se ha quedado sin paleta, que se ha quedado sin color, un pintor que necesita un nuevo lienzo que pintar, agoté todos mis colores en tu cuadro y solo me queda el punteo de la guitarra y aquellas notas que te canté como nana mientras dormías de cara al sol.

Ciao, semplicemente ciao.

Es lo único que me queda…

Azzurro come te,
Come il cielo e il mare
E giallo come luce del sole,
Rosso come le
Cose che mi fai…
Provare.

нσω ∂σ yσυ lσνє sσмєσηє?

asdfasd

Entré dando un portazo, haciéndome notar, como tú siempre dijiste que actuaba delante de la gente, cual artista ante un entregado público, me echabas en cara que yo no buscaba amigos, sino fans, admiración e idolatraría, que era fácilmente cegado por los focos de la fama, que aquello me aportaba gran placer. Ironía es la palabra perfecta para definir la situación, tú me empujaste a aquellos focos para que quedase cegado por ellos y para que hicieras y deshicieras a tu antojo a mis espaldas, maldita y repugnante rata. El gran placer te lo estabas dando tú a mi costa. Lancé mi chaqueta contra el jarrón de la entradilla tirándolo al suelo. ¡Ups! ¿Se rompió?… No era lo único que se había roto aquella noche, y no, no hablo del condón que te estabas calzando con otro en “tu cama”, la relación de “nuestra” y “cama” me da demasiado asco para que sea pronunciada en voz alta. Bajé los plomos de la casa quedando todo en silencio. Adiós luz, adiós música para follar de tu spotify. Tardaste unos segundos en retener tu frenética respiración mientras te tirabas aquella persona en la sombra. Te escuché preguntar “— ¿Qué coño ha pasado?” mientras yo entraba en el salón chirriando los dientes de tanto apretarlos. Sentía tanta rabia, tanta impotencia por no poder herirte de la forma en la que tú me estabas hiriendo a mí, que mis quijadas comenzaban a resentirse por la presión de mis músculos. No podía llorar, era incapaz, aunque en honor a la verdad diré que mis ojos eran portadores de cierto brillo, puro brillo de rabia. Saliste de la habitación desnudo directo al pasillo para subir los plomos. Me aparté de tu camino ocultándome tras la puerta, con tu frenesí ni siquiera intuiste mi presencia. Subiste los plomos y cuando volviste al salón yo me encontraba en mitad de la estancia. Creí ver como tu erección se fue a la porra en cuestión de segundos.

Balbuceaste como el mono estúpido que eres, perdón por la comparación, los monos no son tan animales ni estúpidos como tú. No recuerdo cuanto tiempo permanecimos en aquella situación, lo que sé es que el momento se rompió con la voz de tu amante que anhelaba seguir siendo cabalgado por ti a la voz de “— ¡Ven prontito que me enfrío!”. Me giré y asomé la cabeza por la puerta. “—Enseguida está contigo, en cuanto le parta la cara.” Le sonreí mientras los ojos se le salían de las cuencas. Fingí estupendamente no reconocer a aquel individuo. Mil recuerdos abordaron mi mente, cuantas veces me habías hablado de él pero fíjate…nunca me dijiste nada acerca de querer follártelo, ni siquiera de que fuese maricón, detalles que se olvidan sin querer, ¿no?

De pronto… el cuerpo se me aflojó y sentí que aquella insostenible situación había llegado a su fin, nunca me pondría a su nivel y, lo entendieses o no, te pondría las cosas fáciles, me las pondría fáciles, al menos, a mí me importaba mirarme al espejo y seguir reconociéndome, dormir aquella noche sin remordimientos por mi actitud. “—Se acabó” fue lo único que salió de mis labios en modo de susurro. Cruce la habitación y te giraste para cogerme del brazo en un mar de trabalenguas, palabras que nacían en tu garganta pero morían en tu boca. Fue instantáneo, automático, sin querer, lo juro. Pero al sentir tu mano reteniendo mi brazo, se formó un puño en mi otra extremidad y fue disparada (sin querer) contra tu cara (con todas mis fuerzas) de forma inocente (y con ganas). Te rompí un diente, te rompí la nariz, comenzaste a sangrar y yo me fui con mi dignidad, con cuernos, de acuerdo, pero con dignidad. Vale, mi monologo de dormir tranquilo y reconocerme frente al espejo se había ido a la mierda, pero el dolor que sentía en mis nudillos fue mejor que la mayoría de los orgasmos que me diste. ¿Moraleja? ¿Conclusión?….

¿A quién demonios le importa?

 

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