νє¢ιησs (ρυєятα ¢ση ρυєятα) – ραятє ι

H

ace muchos años yo era un niñito con dientes de conejo, enormes mofletes, pelo graso y piel aún más grasa convirtiendo mi cara en un cuadro, ojeroso y de blanquecina tez, inseguro y muy tímido. Tengo la esperanza de que en estos 15 años aproximadamente haya cambiado algo en mí, por lo pronto, en lo que respecta a la inseguridad y timidez.

Desaparecieron con el paso de los años. Supongo que el vago recuerdo que puede tener él de mí será de aquella
época, pues no hemos vuelto a coincidir desde entonces, de hecho, hace quince años quizás cruzamos un par de frases, en honor a la verdad, él debió de decirlas, yo permanecí callado seguramente. Estoy hablando, como bien pensáis, de mi vecino. Un muchacho muy alto, el menor de cuatro hermanos. Hace quince años me hice muy amigo de mi vecina de abajo y paraba en su casa cada dos por tres para jugar o realizar diferentes planes, ella es la menor de tres. Su hermano mediano era muy amigo del vecino de al lado, efectivamente “el vecino”, con lo cual podríamos reunirnos en su casa una buena camada de hormonas. Recuerdo que él era mayor que yo, pues tenía más o menos la edad del hermano mediano de mi amiga y ésta ya era siquiera un par de años mayor que yo… osease, el chaval tendría unos cuatro años más que yo. Mi hermana mayor siempre sintió aprecio por ese muchacho, lo recordaba con cariño ya que ella es de la misma edad que su hermano mayor, sí, mi hermana y yo nos llevamos muchos años, y durante este tiempo ha preguntado por él cuando se encontraba con sus padres, mis vecinos. La cuestión es que hace un par de años, no recuerdo cómo surgió en la conversación este vecino, del que yo apenas recuerdo su enorme sonrisa y su imberbe cara aparte de un acento muy alejado al deje granadino. Decidí opinar que me, sabiendo lo que sé ahora, ese muchacho me parecía gay. Mi hermana me dio la razón con vaguedad. Mi padre en cambio puso el grito en el cielo.
Si estaba casado, como el resto de los hermanos. Yo no añadí nada más del tema. Se quedó en una simple anécdota…hasta hace un par de días. En una famosa aplicación, apareció muy cerca de mí un bombonazo en blanco y negro. Tras leer su perfil en inglés, me convencí para iniciar conversación en inglés también, consideré que sería extranjero de vacaciones como tantos otros.

Cuál fue mi sorpresa cuando su respuesta fue: “Hola vecino.”

A lo cual yo palidecí (más, sí, más). Mis neuronas intentaron hacer sinapsis pero me encontraba fuera de juego por esos preciosos labios.

Has crecido mucho” fue lo que añadió.

vecinosEso me daba unos datos fijos: Me conocía seguro, me recordaba. Si bien es cierto, mi cara no ha cambiado mucho, siempre he tenido la misma cara desde bebé, fácilmente reconocible, quizás se ha afilado con el tiempo y desapareció el acné, ¡ah! y cuido un poco más mi peinado. Me reconoció y yo no sabía quién era él.

Algo es cierto: tengo un instinto muy desarrollado y en la mente se me empezó a formar una ligera sospecha, pero no quería dejarme llevar aún por mi sexto sentido, así que hice una captura de la foto de perfil y se la envié a mi hermana, ella no parecía reconocerlo hasta que le comenté mis sospechas.

Continuamos hablando a cuentagotas (cuentagotas él, yo seguía pegado al móvil intentando descifrar su identidad) comprobé que se encontraba a unos metros de mí, con lo cual las piezas de mi puzle iban encajando. Me preguntó mi nombre, que no lo recordaba, y con razón, y al darme el suyo todo encajó. Era él, era “mi vecino”, aun siendo yo un adolescente que no tenía idea del mundo, mis ojos de loca no se equivocaban, ese muchacho cojeaba de la misma pierna que yo.

¿Recordáis la timidez de mi adolescencia? Pues al quedar obsoleta le eché cara al asunto y le pregunté si le parecía raro que le invitara salir a cenar una noche, teniendo en cuenta que solo iba a quedarse una semana de vacaciones ya que volvería a abandonar el país para volver al trabajo. Me sorprendió respondiendo que estaría encantado. Con lo cual quedamos en un par de días que era cuando tenía libre, osea, hoy.

Estoy a media hora de quedar con “mi vecino”, un vecino hiper mega buenorro que recuerda al niñato que fui hace quince años.

El desenlace de esta curiosa historia próximamente.

Con vuestro permiso me dispongo a disfrutar de una buena cena en buena compañía.

¡Deseadme suerte!

Anuncios

єи¢υєитяσѕ єи ℓα 1ª ραяα∂α

Suspira, se recuesta, siente tanta incomodidad que no logra conciliar el sueño, considerando que su cansancio está llevando a su persona a una extenuación peligrosa. Se clava el apoyabrazos en el costado.

-Así no hay quien pueda. –murmura mientras se gira para comprobar si hay forma alguna de retirar su molesto “clavahuesos”.

La luz del sol le molesta, apenas se ha dado cuenta de que ha amanecido, ha pasado toda la noche en aquel maldito autobús.

Sus deseos de pisar tierra firme, la del suelo de su habitación, son la única esperanza para no venirse abajo.

El conductor acaba de comunicar una parada de treinta minutos. Maravilloso. Al fin podrá tomarse algo con glucosa y una botella de agua fresquita. E ir al baño… no debe de olvidarse de ir al baño.

Deja su equipaje de mano en el asiento de al lado, viajar si nadie a tu lado tiene sus ventajas.

En cuanto baja las escaleras recibe el aire fresco de Castellón. La luz del sol calienta su cuerpo, eso sí que es un buen clima, no el frio que ha pasado durante toda la semana.

Se gira para rodear el autobús sin darse cuenta de que una muchacha está bajando las escaleras pidiendo un poco de aire también.

El choque inminente se convierte en una profecía autocumplida.

Su codo en el pecho de la chica.

Se aparta con velocidad pidiendo perdón.

-No te preocupes, tenía tanto anhelo de aire que necesitaba salir de esa lata de sardinas como fuera. Aunque sea a codazos.

Eso le provoca una gran risotada.

-No me digas que viajas con equipaje de pulmones.

-Si con eso quiere decir “en compañía de”…; sí, aquel osito de allí. –baja la voz y señala con discreción a un hombre bajito y muy, muy peludo, semejante a un barrilete con una lluvia de lana sobre él.

-Afortunadamente no tengo nadie a mi lado.

-¡Qué maravilla! Porque llevo dos horas y pico sin poder moverme.

-¿Sólo dos horas? Yo llevo desde anoche en ese maldito autobús y mi acompañante era mucho peor que el tuyo.

-Oh… qué pena me das.

Otra risotada despierta en aquellas dos personas que acaban de conocerse.

-Por cierto, ¿cómo te llamas?- “Es mi momento”. Piensa justo después.

-Helena con H.

-Muy original H…

-… de Helena. –añade la chica.

-Prefiero H.

Helena le hace burlas.

-Bueno, ¿quieres que vayamos a comer algo? Estoy desfallecida.

-Por supuesto. Esa era mi segunda prioridad.

Helena queda extrañada.

-¿Y la primera?

Se queda pensando…

-¡No la recuerda! -así que se encoge de hombros y caminan hacia el bar.

Esta chica es preciosa, y muy simpática”, piensa sin dejar de mirarla.

Después de su pequeño refrigerio se encaminan a estirar las piernas y así poder conversar amigablemente.

En un momento, sus manos chocan, y el enorme pedrusco que Helena lleva en el dedo, hiere la mano de su acompañante.

-Lo siento mucho –se disculpa nuevamente.

-No, no te preocupes, apenas sangro. Por cierto –hace una pausa-, tienes unas manos muy bonitas.

-Gracias. Tú también.

Eso sonroja su cara.

Helena sigue sosteniendo la mano herida y sin apenas percatarse, se la estrecha y camina con ella agarrada.

Unos minutos después, coge a Helena de los hombros y le susurra.

-Nunca antes he hecho esto. –le dice con tono de preocupación.

-Ni yo tampoco. –acierta a decir Helena sin entender muy bien.

-El hablarle a una chica tan guapa y simpática como tú, que acabo de conocer y abordarle así tan… tan…

-Tan bien. –finaliza Helena la frase.

En ese momento, le sostiene la cara y la besa. Es maravilloso, dulce, mojado, entrelazado, suave… un primer beso bastante aceptable.

Por el altavoz anuncian el fin del descanso de su autobús.

-¡Acabo de recordar mi primera prioridad!

-¿Cuál? –susurra Helena divertida.

-¡Olvidé ir al baño! Ahora te alcanzo. –y echa a correr.

-¡No va a darte tiempo!

-¡Pues ponte frente al autobús! –le grita en tono burlón.

-¡Oye, que no me has dicho tu nombre!

-¡Sonia! –grita corriendo al baño.

-Un nombre tan bonito como su cara. –susurra Helena con media sonrisa en la cara.

A %d blogueros les gusta esto: