Maleta de sueños

“En mi maleta llena de sueños no cogían los miedos ni la tristeza, estaba tan henchida de esperanzas y anhelos que era imposible que entrase algo más en ella. Mis buenos deseos los ubiqué al fondo, mi corazón latiendo de emoción se encontraba en un bolsillo lateral y la ilusión de compartir viaje y unos días con la persona que amaba llenaba todos los espacios vacíos. Sin embargo, pese a estar tan cargada, pesaba muy poco, casi levitaba, como yo si no colocaba piedras alrededor de mis tobillos. Pero una llamada telefónica provocó una grieta en mi maleta, por ella escapó la ilusión a una velocidad inusitada, y ese espació lo ocupó la frustración, que a codazos le hizo un hueco a la tristeza donde antes se encontraba mi creciente corazón. Las maletas no son indestructibles y las emociones y sentimientos son demasiado volubles y sensibles para quedar empacados al vacío en una maleta que puede romperse.”

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Tornados de emociones sobrevolaron las vírgenes tierras de H. sin que ella pudiera evitarlo. Las piernas le temblaron, apoyó su espalda contra la pared de gotelé  y se dejó caer hasta acabar sentada sobre el frío suelo de mármol de imágenes anodinas.

Levantó las rodillas y agachó la cabeza, rodeó sus delgadas piernas con sus brazos y empezó a llorar ahogando sollozos para no despertar la curiosidad de los transeúntes del pasillo, quizás en la misma situación que ella pero con más poder de contención a la hora de marcar una línea que sus lágrimas no debían cruzar (al menos con público). Las puertas cerradas de la estancia de H eran una representación gráfica de sus esperanzas, que se mantenían encerradas bajo llave sin poder abrirlas. Habían sido secuestradas junto a su fe por el miedo, el pánico, la soledad y el desconcierto a un futuro confuso y mezclado con retazos de su pasado y sus peores temores.

Se puse en pie con un “Y SI…” y caminó bajando la mirada con prisa hacia un refugio de miradas. Con cada paso menos era la necesidad de ocultar su llanto, no es de extrañar ver a gente triste en un pasillo de hospital. No sintió vergüenza de sus sentimientos y dejó llevar sus lágrimas fuera de su alma, enjugándolas con las mangas de su verde suéter para poder vislumbrar el camino escaleras afuera hasta la salida de aquel triste edificio.

No llegó hasta abajo, en el descansillo del segundo piso acabó chocando contra la pared y sus fuerzas menguaron como si de un globo pinchado se tratase.

Se hizo un ovillo apretando los dientes. Había trascurrido unos cuantos minutos y aún seguía temblándole el cuerpo, sentía presión en su estómago y necesidad de vomitar.

Un cuerpo la cubrió por completo rodeándola. Un enorme abrazo.

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