Maleta de sueños

“En mi maleta llena de sueños no cogían los miedos ni la tristeza, estaba tan henchida de esperanzas y anhelos que era imposible que entrase algo más en ella. Mis buenos deseos los ubiqué al fondo, mi corazón latiendo de emoción se encontraba en un bolsillo lateral y la ilusión de compartir viaje y unos días con la persona que amaba llenaba todos los espacios vacíos. Sin embargo, pese a estar tan cargada, pesaba muy poco, casi levitaba, como yo si no colocaba piedras alrededor de mis tobillos. Pero una llamada telefónica provocó una grieta en mi maleta, por ella escapó la ilusión a una velocidad inusitada, y ese espació lo ocupó la frustración, que a codazos le hizo un hueco a la tristeza donde antes se encontraba mi creciente corazón. Las maletas no son indestructibles y las emociones y sentimientos son demasiado volubles y sensibles para quedar empacados al vacío en una maleta que puede romperse.”

¢υeитø мøđeяиø

Érase una vez que se era en un reino muy cercano, en un mundo muy actual, unos protagonistas que somos tú y yo. Sin guion y sin diálogo, solo miradas de soslayo cuando coincidíamos en el mismo autobús cada semana que cojo para ir a clase. Te miro y te deseo, te observo con lujuria y te imagino besándote y empotrándote contra los barrotes del transporte público. Tú me miras, me saludas con un leve gesto de cabeza y sigues escuchando tu música en el mp3.

Algún día espero que nos sentemos juntos para poder rozarte sin querer. Tienes una mirada inocente pero que esconde algo de… rebeldía. Es hora de que sepa cómo eres.

Ato mi sombra en la vergüenza que he ido construyendo con mis miedos y me acerco a ti. No es mi parada, pero sé que es la tuya. El príncipe se baja y la princesa baja tras él. El orgullo queda encerrado en el autobús y me lanzo a por ti.

Perdona ¿qué hora tienes?

Y veinte. me contestas con frialdad y continuas hacia adelante.

¿Y cuánto tiempo falta para que me beses?

Te giras sorprendido. Por primera vez me ves como lo que soy, una chica a la que le gustas mucho y se muere por saber cómo son de suaves tus gruesos labios semiescondidos entre esa barba de hípster que ahora todo el santo mundo se empeña en llevar.

Creo que a mi novio no le haría mucha gracia que te besara.

Me giré y me dirigí de nuevo a la parada del autobús, tenía que coger el mismo número del que me había bajado porque aún me quedaban varias paradas hasta mi destino. Sentí los ojos del príncipe gay en mi espalda, pero me dio igual, quien no arriesga no gana.

Vale, me muero de vergüenza, pero ya se pasará.

Me subí al autobús y cené ensalada al llegar a casa, pasaba del cliché de hincharme a chocolate por la fatiga del momento.

Las princesas comen hierbas porque a los príncipes les gusta jugar al teto con otros príncipes. Vaya mundo de mierda. Un día de estos, seguro que me arrebatan hasta la corona.

¿Lo peor? Que me sigue dando morbo y más ahora que sé que en teoría no puede ser para mí.

Colorín, colorado, que te den un mantecado.

єи мι мυи∂σ, мι ρℓαиєтα

Cuando me acerqué, aún no sabía de que se trataba aquello, contaba con una leve idea, quizás obtenida al leer algún artículo de un antiguo periódico.

Desconocía si me dañaría el tocarlo, pero me moría por sentir su textura. El color era; como llamaban mis abuelos; verde, ese extraño color que no existía ni en mi vida, ni en mi mundo.

Era tan pequeño que me arrodillé a su lado, posé levemente mis yemas sobre su superficie, era terso, con alguna rugosidad, pero fino, más de lo que me esperaba.

No sé el motivo concreto, quizás mi acción activó algún extraño mecanismo dentro de mi cabeza, pero me llevé los dedos a la nariz, y en ese momento… aspiré.

Un olor desconocido y nuevo para mí inundó mis fosas nasales, era un olor fresco, abierto como cuando abres una ventana de la habitación, pero con una leve connotación dulce, no sé explicar mejor aquella sensación.

Con presura arranque aquello que se encontraba en una grieta del enorme solar en el que me hallaba, lo oculté en mi bolsillo como si de un ladrón me tratara y corrí hacia casa.

En mi habitación encendí la luz para poder ver con más detalle mi gran hallazgo.

Lo observé durante largo rato, terminé aburrido al desconocer su origen, procedencia e incluso su nombre.

Busqué por toda la red, pero nada, no tuve fortuna. Hasta que una idea me abordó de repente y la motivación inundó mi cuerpo como ola en la orilla del mar, ese mar que está seco.

Bajé al sótano y revolví entre mil y una cajas de mis familiares difuntos, aquello era nuestro pequeño legado, información que durante siglos, mi familia, había recopilado y almacenado para los conocimientos futuros.

Y allí se encontraba una foto descolorida, pero guardando exactamente la misma forma que mi objeto. Subí el libro y lo comparé con mi ejemplar.

-Menta. –leí en voz alta tras varios intentos fallidos de pronunciarlo con corrección.

¿Verde? ¿Hierba? ¿Oxígeno? ¿Fotosíntesis?

¿Qué era lo que me había pedido en los años de destrucción de mi planeta? Felices los ignorantes que no conocen más realidad que la suya.

Mi venda había caído y no podría vivir con el peso de la destrucción de “hierba” en mi planeta. ¿Cuánto más me había perdido? ¿Cuánto habrá que nunca lograré recuperar ni conocer?

Cuando me acerqué, aún no sabía de que se trataba aquello, contaba con una leve idea, quizás obtenida al leer algún artículo de un antiguo periódico.

Desconocía si me dañaría el tocarlo, pero me moría por sentir su textura. El color era; como llamaban mis abuelos; verde, ese extraño color que no existía ni en mi vida, ni en mi mundo.

Era tan pequeño que me arrodillé a su lado, posé levemente mis yemas sobre su superficie, era terso, con alguna rugosidad, pero fino, más de lo que me esperaba.

No sé el motivo concreto, quizás mi acción activó algún extraño mecanismo dentro de mi cabeza, pero me llevé los dedos a la nariz, y en ese momento… aspiré.

Un olor desconocido y nuevo para mí inundó mis fosas nasales, era un olor fresco, abierto como cuando abres una ventana de la habitación, pero con una leve connotación dulce, no sé explicar mejor aquella sensación.

Con presura arranque aquello que se encontraba en una grieta del enorme solar en el que me hallaba, lo oculté en mi bolsillo como si de un ladrón me tratara y corrí hacia casa.

En mi habitación encendí la luz para poder ver con más detalle mi gran hallazgo.

Lo observé durante largo rato, terminé aburrido al desconocer su origen, procedencia e incluso su nombre.

Busqué por toda la red, pero nada, no tuve fortuna. Hasta que una idea me abordó de repente y la motivación inundó mi cuerpo como ola en la orilla del mar, ese mar que está seco.

Bajé al sótano y revolví entre mil y una cajas de mis familiares difuntos, aquello era nuestro pequeño legado, información que durante siglos, mi familia, había recopilado y almacenado para los conocimientos futuros.

Y allí se encontraba una foto descolorida, pero guardando exactamente la misma forma que mi objeto. Subí el libro y lo comparé con mi ejemplar.

-Menta. –leí en voz alta tras varios intentos fallidos de pronunciarlo con corrección.

¿Verde? ¿Hierba? ¿Oxígeno? ¿Fotosíntesis?

¿Qué era lo que me había pedido en los años de destrucción de mi planeta? Felices los ignorantes que no conocen más realidad que la suya.

Mi venda había caído y no podría vivir con el peso de la destrucción de “hierba” en mi planeta. ¿Cuánto más me había perdido? ¿Cuánto habrá que nunca lograré recuperar ni conocer?

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