Maleta de sueños

“En mi maleta llena de sueños no cogían los miedos ni la tristeza, estaba tan henchida de esperanzas y anhelos que era imposible que entrase algo más en ella. Mis buenos deseos los ubiqué al fondo, mi corazón latiendo de emoción se encontraba en un bolsillo lateral y la ilusión de compartir viaje y unos días con la persona que amaba llenaba todos los espacios vacíos. Sin embargo, pese a estar tan cargada, pesaba muy poco, casi levitaba, como yo si no colocaba piedras alrededor de mis tobillos. Pero una llamada telefónica provocó una grieta en mi maleta, por ella escapó la ilusión a una velocidad inusitada, y ese espació lo ocupó la frustración, que a codazos le hizo un hueco a la tristeza donde antes se encontraba mi creciente corazón. Las maletas no son indestructibles y las emociones y sentimientos son demasiado volubles y sensibles para quedar empacados al vacío en una maleta que puede romperse.”

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lα ρυєятα ∂є lαs ємσ¢ισηєs

No podría ser más difícil, ser alcanzado por cuatro rayos de sol y una llamada telefónica en línea, el intermitente sonido a través del aparato marcaba los acelerados latidos de mi maltrecho corazón. ¿Conoces la sensación de gritar sin alzar la voz? Esa sensación en la que sientes la garganta cerrada, molesta, como si todos sus músculos estuviesen contraídos, como si de un enorme esfuerzo hubieran sido partícipes pero sin lanzar una sola nota al aire. Así me siento. La vieja y sucia persiana dejaba entrar cuatro rayos de sol, ese sol de las 9 de la mañana en pleno junio que empieza a quemar sobre una piel tras la exposición de varios minutos sobre la misma. Cuatro rayos de sol que luchaban contra la oscuridad de mi habitación para hacerla un lugar iluminado y mejor. Nunca he entendido porqué se considera la oscuridad como un lugar menos acogedor que la luz, yo me muevo mejor entre la niebla, tinieblas y sombras. Al llegar el atardecer me siento lleno de energía, como si acabase de despertar, siento que la noche es mi ambiente natural, siento que puedo hacer todo lo que me proponga, me da la libertad de tener todo el tiempo del mundo, y las musas de la inspiración siempre me visitan tras el anochecer.

 

Por lo cual, no es de extrañar que me sienta herido, inútil y endeble frente a esas horas, mis ojos se hunden en las ojeras que indican mi noche en vela y aquí me hallo, junto al teléfono, con el sonido de una llamada cortada junto a mi oído. ¿Por qué no cuelgo si la llamada ya terminó? Por el mismo motivo por el cual tememos decir en voz alta un pensamiento que nos azota la mente en un tiempo determinado: Porque se convertiría en realidad. Si soltase el teléfono ya no habría marcha atrás hacia el final, constataría que aquello terminó, no tendría otro remedio que reconocerlo. Como el momento en el que al final tuve que decirme en voz alta frente a una pared que mirar hacia otro lado no haría que la muerte de mi madre fuese menos real, y fue en ese justo instante (en el que lo dije en voz alta) que todo el peso de semanas atrás cayó sobre mí, desplomándome contra el suelo, el dolor hizo acto de presencia, mi voz en el aire abrió la puerta de mis emociones. Me costó mucho tiempo recuperarme de la soledad. No estoy preparado para volver a ese sitio, ese lugar en el que el dolor emocional se hace físico, y duele tanto que ni las lágrimas pueden liberarlo, no es suficiente. Me siento perdido y sin aire en mi pecho. Si cuelgo el teléfono la puerta de mis emociones se abrirá. No soy ingenuo, sé que en algún momento tendré que hacerlo, pero ahora mismo, me permito quedarme así, tumbado en la cama de cualquier manera con el teléfono descolgado junto a mi oído y cuatro rayos de sol perturbando mis cansados ojos.

#Sonrisa

Hoy me puse mi mejor ‪#‎sonrisa‬ para salir a la ‪#‎calle‬. ¿Me favorece?
Ya me ‪#‎disfracé‬ para triunfar en la vida ¿Me queda bien?
A veces una sonrisa es una ‪#‎llamada‬ de ‪#‎Socorro‬ camuflada en ‪#‎valentia‬ .
Una ‪#‎mascara‬ ‪#‎artificial‬ para no preocupar a la cercanía.
Hoy voy con mi sonrisa puesta, no hay nada que me haga daño. No hay nada que temer.
HOY MATARIA MONSTRUOS POR TI… OTRA VEZ

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νє¢ιησs (ρυєятα ¢ση ρυєятα) – ραятє ι

H

ace muchos años yo era un niñito con dientes de conejo, enormes mofletes, pelo graso y piel aún más grasa convirtiendo mi cara en un cuadro, ojeroso y de blanquecina tez, inseguro y muy tímido. Tengo la esperanza de que en estos 15 años aproximadamente haya cambiado algo en mí, por lo pronto, en lo que respecta a la inseguridad y timidez.

Desaparecieron con el paso de los años. Supongo que el vago recuerdo que puede tener él de mí será de aquella
época, pues no hemos vuelto a coincidir desde entonces, de hecho, hace quince años quizás cruzamos un par de frases, en honor a la verdad, él debió de decirlas, yo permanecí callado seguramente. Estoy hablando, como bien pensáis, de mi vecino. Un muchacho muy alto, el menor de cuatro hermanos. Hace quince años me hice muy amigo de mi vecina de abajo y paraba en su casa cada dos por tres para jugar o realizar diferentes planes, ella es la menor de tres. Su hermano mediano era muy amigo del vecino de al lado, efectivamente “el vecino”, con lo cual podríamos reunirnos en su casa una buena camada de hormonas. Recuerdo que él era mayor que yo, pues tenía más o menos la edad del hermano mediano de mi amiga y ésta ya era siquiera un par de años mayor que yo… osease, el chaval tendría unos cuatro años más que yo. Mi hermana mayor siempre sintió aprecio por ese muchacho, lo recordaba con cariño ya que ella es de la misma edad que su hermano mayor, sí, mi hermana y yo nos llevamos muchos años, y durante este tiempo ha preguntado por él cuando se encontraba con sus padres, mis vecinos. La cuestión es que hace un par de años, no recuerdo cómo surgió en la conversación este vecino, del que yo apenas recuerdo su enorme sonrisa y su imberbe cara aparte de un acento muy alejado al deje granadino. Decidí opinar que me, sabiendo lo que sé ahora, ese muchacho me parecía gay. Mi hermana me dio la razón con vaguedad. Mi padre en cambio puso el grito en el cielo.
Si estaba casado, como el resto de los hermanos. Yo no añadí nada más del tema. Se quedó en una simple anécdota…hasta hace un par de días. En una famosa aplicación, apareció muy cerca de mí un bombonazo en blanco y negro. Tras leer su perfil en inglés, me convencí para iniciar conversación en inglés también, consideré que sería extranjero de vacaciones como tantos otros.

Cuál fue mi sorpresa cuando su respuesta fue: “Hola vecino.”

A lo cual yo palidecí (más, sí, más). Mis neuronas intentaron hacer sinapsis pero me encontraba fuera de juego por esos preciosos labios.

Has crecido mucho” fue lo que añadió.

vecinosEso me daba unos datos fijos: Me conocía seguro, me recordaba. Si bien es cierto, mi cara no ha cambiado mucho, siempre he tenido la misma cara desde bebé, fácilmente reconocible, quizás se ha afilado con el tiempo y desapareció el acné, ¡ah! y cuido un poco más mi peinado. Me reconoció y yo no sabía quién era él.

Algo es cierto: tengo un instinto muy desarrollado y en la mente se me empezó a formar una ligera sospecha, pero no quería dejarme llevar aún por mi sexto sentido, así que hice una captura de la foto de perfil y se la envié a mi hermana, ella no parecía reconocerlo hasta que le comenté mis sospechas.

Continuamos hablando a cuentagotas (cuentagotas él, yo seguía pegado al móvil intentando descifrar su identidad) comprobé que se encontraba a unos metros de mí, con lo cual las piezas de mi puzle iban encajando. Me preguntó mi nombre, que no lo recordaba, y con razón, y al darme el suyo todo encajó. Era él, era “mi vecino”, aun siendo yo un adolescente que no tenía idea del mundo, mis ojos de loca no se equivocaban, ese muchacho cojeaba de la misma pierna que yo.

¿Recordáis la timidez de mi adolescencia? Pues al quedar obsoleta le eché cara al asunto y le pregunté si le parecía raro que le invitara salir a cenar una noche, teniendo en cuenta que solo iba a quedarse una semana de vacaciones ya que volvería a abandonar el país para volver al trabajo. Me sorprendió respondiendo que estaría encantado. Con lo cual quedamos en un par de días que era cuando tenía libre, osea, hoy.

Estoy a media hora de quedar con “mi vecino”, un vecino hiper mega buenorro que recuerda al niñato que fui hace quince años.

El desenlace de esta curiosa historia próximamente.

Con vuestro permiso me dispongo a disfrutar de una buena cena en buena compañía.

¡Deseadme suerte!

єη¢υєηтяσ ιηєsρєяα∂σ

Esto ocurrió semanas atrás, cuando volvía de un viaje de negocios a una ciudad vecina, escogí el Blablacar como método de transporte. Un conductor muy amable nos condujo a mí y a un italiano de vuelta a mi ciudad natal. Mi consciencia me hizo acompañar al muchacho hasta su destino, ubicado en la estación de autobuses. La historia de este muchacho era la siguiente: El año anterior había vivido un erasmus en mi ciudad y allí se había ennoviado de una linda andaluza. Pero desde donde nos dejó el amable conductor hasta el lugar determinado para ver a su amada distaba muchos kilómetros, con lo cual decidí montar en el bus con él e indicarle la parada apropiada, la mía era antes. Pero en el trascurso del viaje pensé en lo poco que me esperaba esa tarde y decidí conducirlo hasta el mismo lugar, para que no hubiese pérdida alguna. Estuvimos hablando animadamente en el autobús y atrajimos la mirada de curiosos y extraños a los que yo no les di mayor importancia que la de un simple vistazo. Tras dejarlo en la estación de autobuses subí hacia casa, tras la ducha observé que en una aplicación de mi móvil aparecía un mensaje, al parecer, de un pasajero del autobús que habíamos compartido. No recuerdo exactamente cuál fue su mensaje pero venía siendo a que se sintió atraído hacia mí y decidió probar suerte para ver si me encontraba vía internet. Así lo hizo, yo lo recordaba vagamente, no habría reparado en él más de un segundo, el italiano me tenía muy entretenido con su charla. Le propuse tapear por la zona y volver a vernos (volver para él, refrescar la memoria para mí). Vivíamos muy cerca, con lo cual no pasó mucho rato hasta que nos encontramos y pude reconocerlo (su foto de perfil distaba un tanto de la realidad). Tapeamos, charlamos, nos besamos, y acabé entre sus sábanas. La madrugada me ocultó de los ojos ajenos y llegué a casa de madrugada tras un sabor de helado de mora en los labios. Recostado en cama pensé lo inesperado que había sido aquel encuentro. Alguien que te ve en un autobús, le gustas, te busca por la red, te encuentra, quedáis, tapeáis, etc.
Son cosas de la vida que suceden de esa forma. Bus. MilánBien podría relatarlo cual comedia, cual romance, cual… qué más da,
tal y como se cuente… la realidad siempre supera a la ficción, esa noche me quedó claro.

Si os preguntáis si he vuelto a verlo, la respuesta es no.

Firmado: Anónimo.

¢αyєяση lαs єsтяєllαs sσвяє мí

Tumbado sobre mi cama reflexionaba sobre mi soledad. Cuando de pronto una brisa fresca entró por mi ventana poniéndome la piel de gallina. Y vi de pronto que sobre mi cabeza se precipitaban pequeños objetos que conforme descendían y selloviendo estrellas acercaban a mí más grandes se volvían. ¡Eran estrellas! Estaban lloviendo estrellas, pero no de una forma deliciosa y fina, sino cayendo sobre mi cabeza golpeándome con saña.

Lo único que me pregunté fue: ¿Qué le he hecho al cielo para que caigan estrellas sobre mí?

No hubo respuesta, solo unos buenos chichones en mi frente. Sin embargo, olvidé el reflexionar sobre mi soledad. Dichosas estrellas…

Conexión… conexión…

Hace décadas comprobé lo frágil que era la vida, los giros que podía proporcionar a nuestra fingida estabilidad, y a día de hoy, éste septuagenario opina que la vida nos zarandea cuando creemos que más controlamos la situación, cuando nuestros planes parecen fijados a la piel no están más que sujetos con chinchetas a un frágil mural, temiéndose caer con la suave brisa del cambio.
Unas de las cualidades más importantes es el poder de adaptación al medio del ser humano, nuestra dimensión y realidad cambia en tan solo un parpadeo, por ello, es necesario el hacer lo oportuno para no caer por el fino hilo de la vida.
Muchas son las conversaciones que he mantenido, pocas las que han llegado a un punto interesante, por ello son tan relevantes, por su poca frecuencia. Añoro las largas conversaciones que podía tener con un desconocido al conectar, en la que nunca faltaba tema ni ganas de seguir compartiendo vivencias, experiencias, opiniones, puntos de vista… Echo de menos la conexión de dos almas, la que sentí con mi difunta mujer, o la que he mantenido a lo largo de los años con mi hermano, el cual se distanció hace unos meses por un problema familiar, el cual acepto y respeto.
Ojala volviese a aquellos años en los que la melodía de un piano me transportaba a un mundo idílico y de fantasía, hoy en día imposible dado mi basto (y minúsculo) conocimiento del mundo, ya no puedo soñar, ya no puedo desear, no tengo deseos que quiera cumplir, la vida es azar y la esperanza entorpece nuestra percepción del ritmo autónomo que lleva nuestra existencia, es un tren que no podemos parar por mucho que deseemos que finalice en una parada concreta.
Hace décadas me di cuenta de la soledad que cada ser humano porta, soledad que intentamos menguar y compartir buscando conexión con otros.
Conexión… conexión…

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